De la propuesta del texto al material final

El proceso de escritura pasa por varias etapas, desde la primera idea hasta el resultado final. Incluso antes de que el texto empiece a tomar forma, al autor le pasan por la cabeza muchos pensamientos sobre el tema; a veces desordenados, algunos se quedan solo en la mente, sin llegar nunca a plasmarse en el papel o en la pantalla del ordenador. Sin embargo, incluso esas ideas completamente descartadas que nunca llegarán al lector final forman parte del texto, es decir, del inicio de su creación, y pueden quedar guardadas en algún rincón de la memoria, a la espera de ser utilizadas en un momento más oportuno.

Decidir qué plasmar en el papel puede requerir profundizar en el tema, investigar y que el autor perciba qué es relevante para el lector. El texto debe captar la atención de quien lo va a leer, además de ser fácil de entender. Es decir, la idea no debe ser exclusivamente lo que el autor quiere comunicar; debe tener en cuenta lo que el lector espera encontrar en la lectura. Por eso, antes de empezar la obra, quien escribe debe procurar conocer bien a su público objetivo para, incluso, superar sus expectativas.

Una vez definidos y anotados los puntos más relevantes, ya sea en forma de lista o en un borrador, la propuesta del texto empieza a concretarse. Sin embargo, esta es solo una fase embrionaria, que aún carece de los elementos más básicos necesarios para que ese conjunto de letras, palabras y frases sea, de hecho, un texto. Así pues, el siguiente paso es unir todo ello de forma coherente. Esta etapa puede no resultar nada fácil para un escritor principiante o para quien se siente ansioso por expresar lo que le viene a la mente, pero es muy importante para que surja un texto claro y coherente, fácilmente comprensible y que despierte las ganas de leer. Al fin y al cabo, un texto inconexo, que no relacione las ideas en un todo que tenga sentido, no resulta nada agradable de leer. Así pues, desde un simple «pero» hasta un sofisticado «de este modo», pasando por reglas gramaticales y figuras retóricas estratégicamente pensadas, el consejo es no escatimar en esos elementos que enriquecen y dan fluidez a cualquier texto.

En resumen, el proceso de escritura exige, desde el principio, prestar atención tanto al contenido como a la forma del texto. Lo que ocurre es que, a lo largo del texto, el autor puede acabar expresando ideas que antes no había imaginado. Lo inesperado también forma parte de la escritura. A menudo no tenemos control sobre nuestros propios pensamientos y el texto final, no es raro, sorprende incluso a quien lo ha escrito, ya sea de forma positiva o negativa. El contenido parece surgir de forma espontánea. ¡Sí! Ahora bien, si no le gusta el resultado, el autor siempre puede reescribir, añadir, eliminar o sustituir expresiones e información, a medida que va percebiendo qué tiene más sentido para ese texto en ese momento. Para un perfeccionista, este proceso puede llevar mucho tiempo, y cualquiera que quiera ver su texto publicado debe recurrir a un profesional; un editor o corrector es imprescindible.

Así se llega a la última, pero no por ello menos importante, etapa del proceso de escritura: la revisión del texto final. En ella se prestan atención a los detalles para corregir cualquier error —tanto de forma como de contenido— con el fin de conseguir un resultado satisfactorio y que el autor pueda, por fin, publicar su obra. Sin errores. 😉